Con la llegada de la nueva administración de Biden a la Casa Blanca, Estados Unidos ha reimpulsado su compromiso en el apoyo de políticas para hacer frente a la emergencia climática. Su reincorporación al acuerdo de París es una noticia que, por cierto, es alentadora.

A nivel planetario actualmente estamos consumiendo más del 50 % de los recursos naturales que nuestro planeta es capaz de regenerar. A este ritmo no es necesario hacer cálculos muy sofisticados para darse cuenta que en las siguientes generaciones nos encontraremos en una situación límite agravado aun más por el sostenido calentamiento global producto de los gases invernaderos. La buena noticia es que nosotros, como seres humanos, nos hemos dado cuenta y ya no vemos este problema como algo tan lejano y poco a poco estamos comenzando a cambiar nuestros hábitos y conductas con el propósito de conservar la armonía de nuestra biósfera.  Y en concordancia con lo anterior, los países ya están desarrollando e implementando políticas ambiciosas al respecto. 

Nuestro vivir y el de los demás seres vivos está inescapablemente vinculado con el nicho ecológico que surge junto al vivir. Es lo que Humberto Maturana y Ximena Dávila distinguen como la Unidad Dinámica Ecológica Organismo-Nicho; una dinámica unitaria de acople íntimo del organismo y su nicho ecológico, como resultado de una historia evolutiva que fue surgiendo a cada instante y cuyo comienzo, hasta donde sabemos hoy, pudo haber comenzado al menos hace 3.800 millones de años junto con la aparición del primer organismo unicelular. Así, esta mutua interdependencia dinámica (co-deriva) de ser vivo y el nicho que surge junto a él es el resultado de un proceso histórico evolutivo que en nuestro presente podemos distinguir como un continuo acople armónico de cada organismo con sus circunstancias.

El nicho ecológico puede tener múltiples dimensiones entrelazadas y que, dependiendo del ser vivo, puede incluir el aire que respira, el agua que bebe u otras interacciones con diversas entidades. Al mirarlo desde una perspectiva general, podremos apreciar ese entramado que conecta armónicamente todo lo vivo en una dinámica relacional que los biólogos han distinguido como la biósfera: un sistema profundamente interrelacionado y en continuo cambio, que los seres vivos comparten desde su particular modo de vivir.

El nicho ecológico no es un contenedor pre-existente y exógeno al vivir de un organismo; nicho ecológico y ser vivo cambian juntos de manera recursiva y recurrente. Sin nicho ecológico no hay ser vivo y sin ser vivo no hay nicho ecológico.

Aún más, la diversidad de los nichos ecológicos que se muestran con cada ser vivo en la pertenencia de un particular linaje (una mariposa, un bonobo o un delfín) conservan configuraciones singulares, como si fuesen multiversos de existencia únicos, habitados desde un particular modo de vivir espontáneamente preservado sin propósito ni designio alguno. No hay fuerzas ni ventajas competitivas en el mundo natural, sino una continua conservación de la armonía en cada uno de los seres vivos que habitan el planeta.

Vivimos un momento único en la historia; podemos quedarnos en la complacencia de que nada se puede hacer o que el cambio climático era inevitable con o sin seres humanos. Pero si está esa posibilidad de hacer algo, si la ciencia nos dice que es posible revertir la situación, y nos damos cuenta de que en nuestro vivir cotidiano podemos aportar con un granito de arena cambiando nuestros habituales comportamientos, nuestro actuar ético espontáneo florecerá y quizás… quizás logremos como humanidad no extinguirnos tan prontamente.

Paulo Henríquez Munita.

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