El 6 de enero pasado pudimos ser testigos de un hecho prácticamente sin precedentes en la historia de Estados Unidos. Luego de un enfervorizado y delirante discurso de un Trump derrotado en las urnas, pero no en su imaginación, prosiguió una marcha de sus adherentes con el claro propósito de mostrar su profundo descontento ante lo que consideraban un robo electoral y una injusticia infinita que ponía fin al gran proyecto de su presidente de hacer “una América grande otra vez”. Una multitud forcejeó las barreras de seguridad del Capitolio y tras lograr su primer objetivo, entraron al templo y símbolo de la democracia de Estados Unidos dispuestos a impedir el nombramiento de Joe Biden como nuevo presidente por parte del Congreso; todo lo anterior entre medio de selfies, disparos y apropiación de uno que otro souvenir. El rostro furibundo y desafiante de un hombre a torso desnudo, cara pintada con los colores patrios y ataviado de una cornamenta y piel de oso, se convirtió en la imagen icónica de un oscuro día para la democracia de Estados Unidos; una clara señal de que hasta en un país de larga tradición (interna) en los valores democráticos, éstos finalmente estaban bajo cimientos que acusaron su patente fragilidad.

Conocida es la frase de un reconocido expresidente chileno que señalaba convencido que “había que dejar que las instituciones funcionaran”. Y variados estudios a nivel internacional nos recuerdan una y otra vez la importancia de que dicha institucionalidad opere como pre-requisito para una sana democracia. ¿Pero qué significa aquello? Que efectivamente tengan legitimidad. Y esa legitimidad se basa en algo que es mucho más profundo y fundamental: que en nuestras relaciones cotidianas se vivan las dinámicas relacionales que resultan en lo que distinguimos como democracia. No es simplemente votar ni otorgarle un poder a quien obtuvo la mayoría en las urnas. Es más bien un modo de relación presente en que lo central es el respeto mutuo considerando nuestras legítimas diferencias. Y para que ello resulte debemos estar dispuestos a escucharnos, no simplemente para saber si la otra persona coincide o no coincide con lo que nosotros pensamos, sino más bien en el interés genuino y honesto de comprender desde donde puede parecer legítimo lo que dice la otra persona. Es estar dispuestos a reflexionar y por ello a cambiar de opinión y ampliar nuestra mirada sin el temor a ser tachados como ideológicamente débiles u oportunistas.

El problema en Estados Unidos, desde mi punto de vista, no tiene que ver simplemente con la figura de Trump. Más bien, él resultó ser una terrible “encarnación” del espacio psíquico que hoy en día impera en ese país. Una fragmentación con décadas de incubación y que electoralmente los tiene divididos prácticamente en parte iguales con un partido republicano cada vez más ideologizado y un partido demócrata cada vez más elitizado. Y probablemente muchos no votaron en su momento a favor de Trump cuando este resultó electo, sino más bien en contra de Hillary Clinton y el establishment que ella reflejaba. Un país dividido entre los estados interiores, anclados en la economía del siglo XX y en el abandono del sueño de un pasado glorioso que prometía la industria automotriz y petrolera, y los de ambas costas mirando un futuro señero ya sea en las high tech o la industria financiera. Un país dividido entre blancos, inmigrantes y gente de color; una división entre los ganadores y perdedores de una economía que alienta el “self made man”. Un modo de vivir que en no pocas veces resulta en una autoexplotación en el rendimiento de sí mismo derivando en “infartos psíquicos” en el sinsentido de que nada es posible cuando te dicen que todo es posible desde el imaginario colectivo del “sueño americano”. ¿Cómo salir de esa trampa?

Recuperando el sentido de lo humano. En la convivencia desde nuestra diversidad y el que honestamente nos importen las personas. Y quizás resulte muy inocente o idealista preguntarse si queremos o no queremos convivir considerando nuestras legítimas diferencias, tal como apunta Humberto Maturana… pero quizás sea esa la pregunta fundamental… porque lo fundamental muchas veces parece ser obvio, pero lo tenemos tan cerca de nuestros “ojos” que no lo vemos o quizás en el apego de una teoría o ideología, lo negamos. Sólo contestando en serio la pregunta anterior estaremos en la posibilidad de ser partícipes de un proyecto común donde todos tengan presencia de una u otra manera y así fundar o re-fundar instituciones que nos hagan sentido y sean legitimadas. Así, podremos decir tranquilos lo que alguna vez apuntó el reconocido estadista chileno: “dejemos que las instituciones funcionen…”

Paulo Henríquez Munita

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